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miércoles, 27 de febrero de 2013

Algo de Caligrafía tonal: "Eva Perón en la hoguera" de Leónidas Lamborghini por Bacaicoa







Fragmento del capítulo 4, “La puesta en voz de la poesía” de Caligrafía tonal, Buenos Aires, Entropía, 2011.


4. Interpretación de la vanguardia
“por él./ a él./ para él./ al cóndor él si no fuese por él/ a él./ brotado ha de lo más íntimo. de mí a él:/ de mi razón. de mi vida.”, así comienza “Eva Perón en la hoguera” de Leónidas
Lamborghini (Partitas, Buenos Aires, Corregidor, 1972), con una voz ya desmantelada, cortada, que se pisa a sí misma, vuelve sobre sí y avanza pero no narrativamente, sino
como tono. Miguel Dalmaroni aborda la escritura del poema como trabajo de corte y repetición en términos de “disonancia contra-sintáctica” (p. 49), y esta disonancia es,
también, la de la voz de esa mujer que habla.
La escena de origen del texto, de los dieciocho poemas que componen esta serie, podría verse en este fraseo: Lamborghini lee La razón de mi vida, de Eva Duarte de Perón,
elige capítulos,6 elige párrafos u oraciones y tacha segmentos, palabras, desarrollos narrativos y argumentales. Corta el texto canónico, dispone de nuevo, altera posiciones, elimina figuras omnipresentes del libro de Eva, junto a la Providencia y el pueblo) y manda el discurso para otro lado, a partir de este “particular procedimiento de quiebre de las unidades del discurso” (Dalmaroni; p. 72). La operación es radical y está en este tratamiento experimental del verso, en el modo de transformar la sintaxis de La razón de mi vida, que ya de entrada es “de mi razón. de mi vida”. Como si nunca pudiese terminar de decir (balbuceo, dice Lamborghini), aunque en ese decir cortado dice más y dice otra cosa. Así, el modo elegido para darle voz a Eva no es el de la explicación didáctica como en el texto de origen, sino la fragmentación de aquel decir, en un punto, su estallido. Entonces, el verso será la recuperación de los fragmentos de ese estallido. Lo fragmentario no es solamente el hecho de que tome sectores de La razón de mi vida, sino el verso resuelto como tensión entre ese diminuto segmento y su puntuación, su aislamiento; sin
embargo, como no hay mayúsculas después de los puntos, lo que se va armando es un continuo de fragmentos, de pequeños golpes. No hay bordes precisos, no hay oración, hay
puesta en acto de un discurso previo, cuyos componentes se aíslan y por momentos se repiten. El corte y la repetición plantean –incluso– cierta obsesión del fragmento, que es la
que constituye el sentido:

mi empresa. los comienzos. cuando advertí:
lo imposible: palabra.
cuando advertí. empecé a ver.
por eso:
aquí estoy. quiero servir. empecé.
lo imposible: palabra (XIII).

Si uno piensa en cómo suena esta serie de poemas, pareciera inevitable recalcar el carácter experimental del fraseo, esa sintaxis peculiar que borra todo proyecto de emotividad
asociada a lo que se dice para trasladarlo al cómo se dice. En todo caso, es un “monólogo dramático”, como dice Lamborghini, pero que hace pie en el acto de decir; en esta performatividad el efecto pareciera ser el de la elección aleatoria, y sin embargo nada hay de azaroso en la reproducción de los fragmentos y hay mucho de plan, de programa, en el corte y en el movimiento que estas partículas mínimas adquieren en el poema. Lo elegido por Lamborghini siempre tiene que ver con la puesta en acción de un discurso o es transformado en acto. La variación del texto de Eva produce un nuevo dramatismo:
la interrupción permanente del decir es, de hecho, violenta; se trata en todo caso, de una dramatización absolutamente novedosa de esta violencia. Dos imágenes podrían
asociarse a esta operación: se escucha una pista sonora a la que se le baja y se le sube el volumen permanentemente, y a la vez se retrocede en algunos puntos; se escucha la voz de alguien amordazado de manera repetida (y sin mordaza luego) que sin embargo nunca abandona su tono; el tono, de hecho, puede ser bajo a alto (en la escucha imaginaria), pero
nunca continuo. No hay melodía, es obvio. No hay canto, no hay armonía sino alienación.
En el año 1973 aparece una versión en audio del poema completo, con música de Dino Saluzzi e interpretación de la actriz Norma Bacaicoa. El primer efecto es el de desajuste con la escucha imaginaria de ese texto. ¿Por qué? Si bien el corte se escucha por momentos, la mayor parte del tiempo la interpretación de Bacaicoa se asienta en la emotividad de la voz. Se escucha el tono de la duda, el del dolor, el tono del desafío, en una voz que se quiebra, que sube de volumen hasta el grito desesperado. Esta fuerte impronta de emoción produce un efecto muy extraño: aquello que es puro fragmento en la lectura, que cuesta recomponer, parece un texto liso, entendible, que transmite un mensaje más o menos directo. Además, la Eva de Bacaicoa tiene un timbre parecido al de Eva Perón en los discursos públicos y cierta modulación de los matices que ya se ha escuchado en algunas de
las piezas más recordadas, la del renunciamiento a la vicepresidencia y la de despedida, ambas de 1951. Es esa emotividad la que repone la interpretación de Bacaicoa, la del
desafío, aun cuando su discurso se vuelve íntimo, casi confesional.

lunes, 18 de junio de 2012

Algo de Caligrafía tonal


"Cuando Berta Singerman recita “Tú me quieres blanca” de Alfonsina Storni, se suma necesariamente mi escucha a la suya (ese modo de apropiarse del poema, de convertirlo en experiencia propia), pero además habría que pensar en la recuperación de una práctica concreta, la de la recitación que supone, las más de las veces, la pérdida de contexto autoral o estético de ese poema, como dice Schettini, su transformación en “memoria de la lengua” (p. 13). Se escucha Storni, entonces, pero también un poema que rearma su contexto en el acto de recitar: un poema dicho por Singerman que será a la vez de todos los que lo escuchan, más allá de Storni.
La puesta en voz, de este modo, agrega una serie de escuchas al texto, o una serie de lecturas y, entonces, genera un espacio crítico en relación al original, tal como lo plantea Peter Scendy para el arreglo musical. La escucha ya es, al menos, doble –“oímos doble”, se trata de una escucha “bífida”; p. 53 y 54–  y propone una distancia en la versión tonal, aún en los movimientos más mínimos.
¿Y de qué está hecha esa caligrafía inexistente? No sólo del timbre o del acento de ciertas voces, repito (aquél que pesa para un rioplatense cuando se escucha a Pablo Neruda, entre otros), tampoco de la relación unilateral con el poema; lo que allí está sonando y forma parte del proceso complejo de simetrías y asimetrías es, además,  un murmullo, el de la cultura. Porque así como digo que Perlongher me lleva hacia Tita Merello, también se escucha en su grabación de “Cadáveres” la apuesta del neobarroso, su relación con el barroco del siglo de oro e incluso con la poesía argentina coloquialista de la década del 60 (la voz como manifestación de linajes culturales, dirá Monteleone: “El poema habla con un tono que se reconoce en los antepasados, establece sus parentescos y crea, a la vez, una sucesión”; p. 150); y más, porque allí se escucha la tilinguería, el tono del chisme barrial, la sentencia de la autoridad,  entre muchos otros; cuando Pound lee se escucha el tono del salmo y también la escansión de la poesía clásica; cuando Singerman recita escuchamos nuestra voz o la de otro diciendo el poema en voz alta ante la maestra, recuperamos ciertos actos escolares y también la historia de la declamación.
Entonces, lo que uno escucha en las puestas en voz es, también,  algo de carácter colectivo e histórico, lo que Zumthor llama vocalidad, “la historicidad de una voz: su empleo” (p. 23) y que Silvia Adriana Davini prefiere plantear como producción para alejarse de la idea instrumental de “empleo” (p. 86): “La noción de vocalidad es fluida y amplia, e involucra a la producción vocal, al habla e inclusive al silencio; ritmos, timbres, velocidades, texturas, articulaciones combinados por un grupo dado en un tiempo y lugar determinados.” (p. 121).
La voz no existe, en estos casos, sin la escucha; aquí dejan de funcionar o se suspenden el mandato moderno de lectura individual, silenciosa, del poema y el mito de escribir sin pensar en el lector, ese que le hacía decir a Rubén Darío en “Palabras liminares” a Prosas profanas: “La gritería de trescientas ocas no te impedirá, silvano, tocar tu encantadora flauta, con tal de que tu amigo el ruiseñor esté contento de tu melodía. Cuando él no esté para escucharte, cierra los ojos y toca para los habitantes de tu reino interior”. Hay un público bastardeado y dos escuchas posibles para la poesía, la de los artistas (los poetas) y la propia. La melodía, por otra parte, es espacial, construye finalmente una zona, la del reino interior y divide este adentro de un afuera, el del ruido.
Es Barthes quien define la territorialidad de la escucha. Él habla de los distintos tipos de escucha, la psicoanalítica, que desarrolla o instaura el orden de la significancia e incluye no sólo el territorio del inconciente sino sus “formas laicas: lo implícito, lo indirecto, lo suplementario, lo aplazado; la escucha se abre a todas las formas de la polisemia, de sobredeterminación, superposición” (p. 255); aquella que tiene que ver con el desciframiento de los signos –ineludible si se trata de la escucha poética, claro– y una más primitiva, la que está atenta a los índices, que arma un territorio doméstico, familiar, plantea límites precisos. Un niño pequeño está atento a los pasos de su madre, un animal a los de su presa o su enemigo. La alteración de los índices deviene en inseguridad, en inquietud (no se puede identificar un sonido); la escucha entonces, es un alerta. Los poetas escuchaban “el griterío de las trescientas ocas” como amenaza y otras veces la amenaza será el ruiseñor, justamente. Porque algunas voces y algunas lecturas poéticas suenan amenazantes en tanto desajustan lo previsible de la audición (aquello que en cada momento histórico y en cada lugar, por qué no, se entiende como lectura o recitación de un poema). En este sentido habría territorios de mayor estabilidad –más cerrados, con una tradición mayor– y territorios más lábiles donde es posible escuchar de modo nuevo"

Ana Porrúa. Fragmento de "La puesta en voz", en Caligrafía tonal. Ensayos sobre poesía, Buenos Aires, Entropía, 2011.